lunes, 8 de diciembre de 2008

Crónicas Travestís

El efecto opereta; Nada me recuerda mas a ti que el deber de morir"
Lola Puñales

"! Ponéte tu!...Amorosa... vamos a tener que salir corriendo rápido rapidito para Patronato...porque tení que comprarte ropa... unos lindos zapatos y un regio vestido apretado...porque a la noche weona, nos vamos de parranda con la Marce y la Ilu... vamos a recorrer todo el centro pero regias las cuatro"...


Me gritó la Barby, a quien se le conocía como la "Ponéte tu", ella enla vida, en el acontecer cotidiano tenía la actitud y el cuerpo de una gran pantera ardiente y azabache, así como la exuberancia runrunear de la Amanda Miguel en pleno show de a principio de los ochenta, artísticamente selvática, pero de cabellera amplia y oscura, como una extraña minotaura felina/gacela por sus piernas larguísimas, delgada toda, con un singular y gran talento que explotaba obsesivamente; el de hablar y runrunear un correcto y glamoroso idioma argentino empezando cualquier frase diciendo "Ponéte tu". Explotaba con tanto éxito este delirante trabalenguas como rutina que los clientes -policías, militares, traficantes y delincuentes comunes- la pedían por su imaginería y no otra cosa. Siempre se hizo querer por todas. Así recordamos hasta el día de hoy a la Barby desde el día en que se la llevo el chiste, la amarga broma del Sida. Ella fue la primera trans que me acogió con todo y su percepción de la vida, con su urgencia artística por sobrevivir que finalmente no resulto, que fracaso a sus 29 años con el estigma del sida clavado en su corazón. De ella fue que aprendí a runrunear este perverso idioma, el del infratexto, el de la más posible inquietud y búsqueda de lo no explicito, como una insistente y shakespeariana forma de búsqueda de la verdad, como una espía, una Mata Hari chilensis, traficante folklórica, maga marginal,
fiel a si misma y a la manada travesti, transgénera y transexual.

Recuerdo que esa noche termine vestida de leoparda dentro de un vestido elasticado con manchas claras y oscuras, que se adhería fielmente a la epidermis y unos tacos blanquísimos como de princesa. La Barby, la Marce y la Ilu esa vez me adoraron porque para ellas era como mi presentación en sociedad, una especie de bautizo o iniciación en el ambiente de su hijastra para reinar en los "Jardines de las ilícitas", un territorio lleno de cuerpos deformes, deseosos, bellos y mounstrosos a la vez y ocultos, fugados y desobedientes, como si yo tuviera diecisiete o como si yo fuera el orgullo de esta familia salvaje y perversa, como la de los "Locos Adams" pero estrictamente feminizadas todas. La Barby me hizo un platinado perturbador en el pelo y con mis tetas y caderas de siliconas casi recién instaladas, comenzó en el ambiente, en esta sabana perdida de oasis histéricos de circo a hacerse pública esta maldita y resentida imagen de quimera, la que fluctúa entre lo que fueron ellas mis madres prostitutas, la Claudia y la Lola Puñales, la esperanza y la muerte, la sangre y el hambre, heredera del pasado de mis tres madres vampiras olímpicas y de su infinidad de antecesoras, inmortales todas.

Mis madres y protectoras fueron tanto travestis como operetas y con ellas fui una más al interior de las nómadas manadas que merodearon la sonámbula sabana santiaguina, ajenas, tan ajenas a las muertes y violaciones acontecidas por razones políticas como fuera posible, para lograr en esa conveniente inconciente jauría, sobrevivir –La sobrevivencia en esos años tenia que ver con no saber, con no ver, ni oír nada- y aún mas para estas yeguas travestis y operetas, ilegitimas e insignificantes para cualquier estado de sitio, cliente de rango o cabo suelto.

La comprensión del travestismo y la transexualidad, en el idioma de
los medios de comunicación, se propone para los inexpertos pero inquietos interesados televidentes, ser algo así como la dificultad de
diferenciar a viva fuerza, con agudeza infinita en el ojo y de lejos, a través de la maleza y los árboles, una cebra pastando de una tigra babeando con intensidad sus jugos gástricos tras el pastizal. Los programas de televisión insisten en mostrar las operaciones de transformación de estos cuerpos, pero no en visibilizar a esos mismos cuerpos acecinados por grupos neonazi, pandilleros, grupos paramilitares e incluso ajusticiamientos por sus mismas iguales. Para la tele, en la geografía a través de la historia, convenientemente, las líneas tienen la capacidad cosmética de engañar hasta el ojo más cristiano. Solo una pupila experimentada podría, en las mismas circunstancias, saber si es apropiado acercarse más o huir raudos por la derecha, frente a la posibilidad de caer victima de un inapropiado zarpazo de la anímala, momento que podría, además, ser captado por las omnipresentes cámaras de la "National Geographic" que lo difundirían por todo el mundo, en jocosos programas de humor que aumentarían notablemente las ganancias en el mercado total.

Pero como dice un amigo intersexual, al final, los detalles no tienen
ninguna importancia; "los instantes hay que experimentarlos, se viven, para que nadie te cuente si el sabor es salobre o si dulzón" y yo agregaría "...si el contacto finalmente es un zarpazo o una suave caricia de tigra...".

Fue la Barby quien me presento a la "Marce", otra de mis Grand-mother prostitutas, tan viajada ella como el gran viejo pascuero. La "Marce" tenía el porte de una matriarca, es decir la imagen y el volumen de una autentica paquidermia líder de manada, como un gran eunuco de un trágico harem travesti de tanto feas como bellas. A su lado todas éramos pequeños scout, revusnantes cabos, barbudas y vulnerables dumbitas, incluso "la ponéte tu", cuando la Marce filosofaba sus historias con aire y solemnidad regimental, con una melodía como de campaña que solo ella sabia trompetear, era una de las que paraba las orejas en punta, fijaba su nariz minina al instante en un solo lugar y como todas en esta fuente de ficticias - éramos como diez las travas reunidas- quedábamos mudas, invisibles, atónitas, rodeando y fijando los ojos en el centro de esa magistral estructura narrante con las pinzas en posición de descanso -nuestras barbas se volvían azules esperando que terminaran los cuentos- Ella era tan estratega que sabía con solo el contacto de sus tacos en la superficie nocturna, cualquiera que fuera, detectar dónde estaba el copete mas frío, los hombres de más provecho y el mas ciego zumbido de los escondidos morlacos obreros, milicos y malacatazos, por que en la sabana se debe tener un objetivo claro; "sobrevivir". La Marce había pasado por tanto en la vida, que tenia en la mente y en el cuerpo profundas marcas como las arrugas que van formando los desprendimientos de gruesa piel en las patas de las más viejas elefantas que aprendieron a través de las estaciones predecir lo fructífero del viento en el pelo, la tragedia de la lluvia sobre el maquillaje, la renovación del fuego en los poros y la destrucción de la sequía cuando nos aprontamos a enfrentar la calle. Todo lo sabia y eran tantos los detalles que era imposible distinguir si en algún momento inventaba u omitía información, para mantenernos en la manada, atentas, agrupadas, en continuo entrenamiento catedrático para el avispamiento travesti. La Marce me despabilaría para entender, en el futuro, que no se da un paso, que no se levanta una pata sin tener las otras firmes, seguras, férreas, con el ojo pendiente en la distancia, siempre en espera inevitable de la aparición sorpresiva del militar cazador furtivo, de su mirilla y de su disparo transfóbico. La Marce era una sabia elefanta, una machi que nos conectaba con la lógica de lo divino de ser lo que somos, identidades en transito y siempre en riesgo de muerte, en continua resistencia a la extinción. Ella, después de una trágica historia de amor fue a desaparecer sola por las calles de Buenos Aires, dicen alcohólica, drogadicta, desnutrida y golpeada por la policía hasta la muerte. Dicen que murió mala como vivió. Para mi la más bella madre.

En la practica, las definiciones en el caso de lo "travesti o transexual" son principalmente prerrogativas y arrogancias del mercado del que no se escapa ni la ciencia en general, ni la psiquiatría y la psicología en especifico, quienes a través de la oferta y la demanda han insistido en categorizar, controlar e interrogar todo y la legitimidad en particular de este fenómeno y su tejido, otorgándole a los clientes, tanatólogos o gárgolas y cafiches, el privilegio y arbitrariedad de aprobar o reprobar el cuerpo/objeto de una o de otra, al momento de la revisión deseosa, técnica o más bien inquisitoria de esta materialidad húmeda; y no necesariamente, ser las que establecen estas diferencias definitivas, los sentires de unas y de otras involucradas. Los programas de televisión insisten en mostrar las operaciones que nos transforman para ganar dinero, pero no las arbitrariedades e injusticias de nuestras muertes.

Después conocí a la "Ilusión", una señora de unos setenta años que en algún momento fue la bestia mayor del exótico espectáculo "under" del periodo uniformado nacional, pero que ahora retirada, vivía de las rentas y de la admiración de las posteriores generaciones. La Ilu, en su juventud fue estrella del "Blue Valet" de la casa de la "tía Carlina" y con el tiempo, en democracia, se fue estableciendo como dueña y cabrona de un prostíbulo de travestis por ahí por el barrio Matta. La Ilu siempre me dió la impresión de ser un elefante blanco, aburrida. Ella toda era como pálida, blanca como masa de harina y levadura para hacer pan, pero en infinito reposo, quizá por la falta de sol, o por una incuantificable percepción de fracaso del show o de las promesas de los amantes que nunca se consolidaron o simplemente por la diabetes que dejo avanzar, horizontal, durante años en la misma cama en donde recibió siempre a todas sus visitas después del "Negro", por mas ilustres que estas fueran... por mas extranjeras que fueran las operetas que vinieran de Europa a verla y a lucir sus últimas batallas por dominar la belleza, el paso de los años y la tristeza de los amantes incumplidos. Nunca lo dijo con certeza, por que las conversaciones que tuvimos mientras vivió, eran siempre en relación al vestido, a la tela y al brillito del show en el "Valet", a la tersura de su juventud, al millón de fotos pegadas por toda la pared de su eterno habitáculo de osa polar con calvicie, eternamente estresada, penosa. Estas tres mujeres fueron mis protectoras y mis madres, las que me constituyeron la Lola puñales.

Una vez, conversando con un joven antropólogo interesado en cuerpos abyectos, este me describía la riqueza de antecedentes históricos y culturales que era posible hallar en los estudios de cadáveres humanos prehistóricos y también contemporáneos. Él me explicaba, desde un extraño lugar de seducción, que a partir de las características mas residuales del entierro de un cuerpo en deterioro, después de años, a través de utensilios, tejidos, piel, músculos, huesos, vísceras, bacterias y micro organismos, etc. era posible interpretar la forma en que vivió ese ser humano, las características predominantes de su comunidad, su contexto, sus creencias, pero además su sexo y la forma de su posible deceso. Lo que me decía me pareció una forma fascinante de reinterpretación de lo que es ser un ser humano, de la existencia y de mi cuerpo, me pareció conmovedor imaginarme a mi misma desde otra perspectiva, desde el lado del cuerpo putrefacto, en contraposición, además, con la historia futura. La reconstrucción de la historia de vida después de que supuestamente ya no tiene sentido más saber del cuerpo y su utilidad, para reiniciar otra vez, otros sentidos de comprensión de este inacabable mundo. A partir de ese momento comprendí que a mi muerte es algo a lo que me tengo que saber acostumbrar.

Recuerdo que esa noche, la de mi presentación en el ambiente trans, atravesamos todo Santiago en el taxi del viejo Negro que era uno de los amantes de la Ilu, para llegar a lo que hoy es conocido como el sector de la Pincoya, ahí, en este extremo de la ciudad, donde los márgenes se desdoblan o redoblan con la presencia de la maquinaria militar y de las sombras de lo choros en todas las esquinas, se celebraba el retorno de una vieja travestí que volvía a Santiago operada y rejuvenecida de las Europas como diez años después. Se decía que ella fue la única atrevida en la historia del transformismo que durante el periodo militar, hizo un desnudo completo y que en el Blue Valet todos los uniformados y el publico en general se levantaba de sus asientos para aplaudirla eufóricamente, para alabarle los años de juventud andrógena, la claridad de su piel femme y perfumada y la tensión de sus miembros en exquisitos movimientos dual. Para mis madres esto era altamente significativo, que una "trava" pudiera quedar totalmente desnuda frente al público, con el cuerpo a fondo iluminado y ser la más hermosa y que el público tuviera que interrogarse incontrolablemente acerca del cuerpo en el escenario ¿es hombre o mujer?

Durante algún tiempo me he quedado pensando, no en el profesional joven sino en los efectos de sus palabras, me refiero a la muerte, ¿qué se podría decir por ejemplo, hipotéticamente, en el caso de estudios de cadáveres de personas travestis y transexuales, respecto de como vivieron o como murieron? ¿Qué características construían sus historias y vivencias? Lo que yo se es que durante la historia de la civilización nunca se nos ha reconocido vivas... ¿cómo esperar que se nos reconozca muertas?... en una ocasión supe de una historia que no he podido ni olvidar pero tampoco corroborar, pero se cuenta en el medio ambiente que algunos de los cuerpos encontrados acribillados en fosas comunes del norte de nuestro país, en el desierto, corresponderían a dudosos cadáveres, a los que se les debían realizar estudios tanatológicos, para definir si se tratarían, con certeza, de cuerpos masculinos vestidos con ropas femeninas "extravagantes" (de show). Dicen, victimas del periodo militar con rastros de fusilamiento... y me pregunto yo ¿cómo es que cuerpos travestis fueron a parar allá, entre cuerpos de hombres recios armados para la resistencia contra militar?

Recuerdo que tres horas después nos encontrábamos, ya sin recordar a la magnifica opereta, en una quinta de recreo en los sectores interiores y mas recónditos de Recoleta y luego de saludar a unos cuantos conocidos de esa efervescente geografía, y de empiparnos con chicha fiada a los cafiches y delincuentes enamorados de nuestras curiosas formas, bailando nos despedimos para llegar a Mapocho a un bien conocido clandestino de fieras choras y runruneras.

Recuerdo que ese día, el día de mi presentación se convirtió en el día más largo de mi vida. Recuerdo tanto, mareada, haberme sentido protegida a pesar de todo lo que ocurría a nuestro alrededor, aunque en todas las calles nos encontramos con pacos y milicos armados, aunque esos lugares de encuentros marginales por los que pasamos fueran lugares controlados por los mas choros de la droga, y en la televisión de lo único que se hablaba es de una posible guerra y todo el mundo vivía asustado por el futuro que correría Chile, siempre me sentí amparada por el trío de elefantas que me acogió, hasta que en un abrir y cerrar de ojos, en el clandestino, todo cambio y giró, el taxista se agarro a combos por defender de un ataque a la Ilu y de no se de donde salio un cuchillo que se le quedo pegado en el pecho al negro y gritando todas se fueron a la urgencia, a la posta, al hospital, y quede sola, ahí, sin que fuera amanecer todavía, vestida de leoparda, rubia platinada, desconocida y desorientada, mareada y sin mi cartera que se había quedado guardada en el taxi. Me había quedado desolada y de improviso con un hambre frío que se sentía hasta en los ojos, no se
desde cuando, desde qué momento, no se de cuántos días atrás o de cuántos años antes, pero sentía un hambre acumulado que me invadía los ojos por fuera y por dentro y como por atrás de los ojos.

Recuerdo que cerca de la mesa había quedado un charco de sangre al que un garzón con un balde había escurrido con agua y que la fiesta siguió como si nada hubiera pasado. La música y los clientes siguieron cantando de la misma forma en que antes lo habían hecho. Diagonal a mi mesa, cuando me despabilé y recordé algo que me había dicho la Marce sobre la cárcel, sobre el no quedar sola, sobre el auspicio, caí con la mirada de uno de los jóvenes de la mesa de mas allá que me pidió acercarme. Esa mañana nos habíamos ido a Patronato tan rápido y sin comer y durante el día no tuve un momento para almorzar por la emoción de salir. El vestido de leopardo apegado a la epidermis lucia mi estomago plano, un estomago a punto de quedar pegado al espinazo. El vestido quedaba a la medida en mi cuerpo pero ocultaba la muerte que se experimenta cuando se sufre de hambre. Recuerdo haber sentido un hambre tan grande, así como de recuerdos de infancia, de hogar, de mamá biológica, de mi cama, de sabanas blancas cocidas por ella y camine hacia la mesa del hombre con la esperanza de que me pagara algo de comer, sonriendo y equilibrándome en los blancos tacos como una verdadera princesa. El hombre pregunto mi nombre, pidió más cervezas y se detuvo a examinarme, para decir:

…Yo he estado con las mejores rubias que te puedas imaginar… les pago todo… los mejores hoteles de Santiago… cuando me gustan mucho hasta les regalo joyas caras… ¡pero a vo ni cagando!…!me gustan las rubias de verdad!…

Mientras el hombre hablaba, recordé el charco de sangre del Negro cerca de la mesa y el agua diluyéndola del suelo. Recuerdo que la sangre insistía en adherirse a la superficie del piso de cemento, fijándose, marcando la realidad del trágico acontecimiento que mató al Negro por defender a su amada ilu que murió después de pena, viuda. Pero recuerdo que sin llorar me empecé a sentir como ese charco de sangre, del que en un momento salio vapor y que se aferraba al suelo y aunque le echarán agua, cloro, acido de todas formas permanecería siendo sangre, sangre, sangre y yo Claudia, Lola, Puñales...

Mientras el otro hombre de la mesa, me llamaba "Claudia, Claudia, Claudia" insistentemente, ese joven que nunca mire y que fue siempre real ahí, a un metro, el que nunca vi, me habló y dijo;… ¡Claudia!, no le hagas caso… para mi eres una princesa… pero el no lo puede ver… El joven, el hombre que habló en esa oportunidad se podría decir que es el peor de los maleantes o traficantes de Santiago pero me llevó lejos de ese clandestino. Él en su cara, en el parpado del ojo izquierdo tiene una marca de guerra que continuamente beso. Él hace algún tiempo como si fuera un poeta maldito me habló del capitalismo, de la alineación y de la revolución. La ultima vez que estuvimos juntos, abrazados, con una tristeza cruel como sus marcas de guerra, me dijo;… ¡Claudia! ¿A quién mataran primero... a mi o a ti?

2 comentarios:

Elena Fuentes dijo...

me encanta como escribes, el epígrafe es hermoso

Andres Alejandro dijo...

uuuuuuuuuuuuuuuuffffffffffff
infartantes tus palabras me dejaste perplejo por lo que narravas tienes una capacidad envidiable a parte de estar demasiado wapa sorry si te molesto pero narras esos momentos con tal corazon que me dejaste loko